Memorias ...
 
Santiago Avendaño era un niño de siete años cuando lo tomaron cautivo los indios araucanos. Vivió con ellos hasta los trece años, fecha en que se escapó de los toldos y se presentó ante Rosas para ofrecerse como lenguaraz. Era en 1850; dos años más tarde, caído ya el Restaurador, se convirtió en intérprete oficial para las gestiones entre los indios y el gobierno. Cerca de 1874 su función exclusiva era la de secretario del cacique Cipriano Catriel, a quien siguió en la ejecución después del fracasado levantamiento mitrista.

Lo que interesa para esta nota es que a Avendaño era un hombre instruído - autodidacta y además casado con una maestra de Azul- y que escribió sus memorias, en las que describe las costumbres, ceremonias y normas de los indios llegados desde Chile y con los cuales había convivido. Sus referencias son anteriores a la época de fundación y expansión de Olavarría 1842 a 1849) y seguramente parte de lo que describe ya no estaba vigente, sobre todo entre los indios que convivían en poblados y fortines con los cristianos, a lo que hay que sumar (para evaluar la imparcialidad del relato) su visión poco amable y algo resentida. Igualmente, es una rica fuente de datos.

Esas memorias se publicaron hace poco en la Editorial Elefante Blanco, II tomos, ordenadasy prologadas por el sacerdote Meinrado Hux. La primera parte es autobiográfica: un relato por momentos dramático. La segunda comienza con una breve explicación: “Con grandísimo interés y con la esperanza de dar a publicidad algunos artículos, me pongo a describir (como segunda parte de mis memorias) las costumbres y usos de los bravos indios de la Pampa, que es una parte de la frontera (interior) de la República Argentina”.

Comienza describiendo el nguillatun, que se hacía tres veces por año y donde se sacrificaba un caballo para honrar al dios con el corazón que se extraía. Había bailes, corridas de caballos y comida. Avendaño se preocupa por remarcar que se guardaban muy bien las jerarquías entre la gente de lanza y la chusma, entre varones y mujeres. En este capítulo, que ha sido muy usado por los lingüistas, transcribe los recitados y cantos rituales en idioma mapuche. A continuación habla de “Brujas y curanderas” y allí resalta el procedimiento que usaban para curar los males más graves. Se trata, a diferencia de los más leves, que eran conjuros y tisanas, de un sondaje hecho con una cánula vegetal desde la boca hasta el estómago para conocer la naturaleza de las secreciones internas y así diagnosticar y curar. Para las fracturas sabían, como todos los pueblos primitivos, inmovilizar y escayolar. Como curiosidad hay que consignar que hacían una especie de autopsia (y así la llama Avendaño), que consistía en abrir el cadáver desde el pecho hasta el hígado con un corte en forma de jota, introducir en las vísceras una cánula con una punta trabajada como cuchara, y tomar una muestra de bilis que aclararía según su consistencia, olor y color, la causa de la muerte.

Así como adoraban a un dios bueno –Güenú Pyllañ-, reverenciaban por temor a un dios malvado, Anchi maleiñ. También temian a las brujas, y en algunas ocasiones, (pocas) habían dado muerte a alguna.

Sobre los matrimonios, cuenta que los que pueden mantenerlas se casan con varias mujeres. Los pobres no suelen hacerlo, no tanto por ese motivo como porque no sería bien visto que superaran a los capitanes o caciques. La esposa se compraba, pero solía haber cortejo, noviazgo (a veces de un año o más) y una ceremonia muy complicada donde las familias intercambiaban regalos como caballos y mantas. Conocían el divorcio, que era bastante común. Podía pedirlo también la mujer pero la voluntad del marido era decisiva, sumada a la de los varones de las dos familias que pedían compensaciones en dinero por lo que habían pagado y gastado en la fiesta y la instalación de la nueva casa. Los hijos eran siempre de la familia del padre y a veces la nuera separada vivía con los suegros para criar a sus hijos y servirlos. El adulterio femenino justificaba la muerte de la adúltera por su marido.

Describe las visitas como frecuentes y muy ceremoniosas, con rígidas normas de hospitalidad, iniciadas con los saludos “eimí, eimí” y como respuesta “marimarí”, que, asegura, no significa nada: es un fonema que expresa complacencia.
Las memorias de Avendaño, aún con ser tan alejadas de nuestro terriotorio (habla del sur de Córdoba) y correspondientes a unos años anteriores a los de la existencia de Olavarría, sirven para reconstruir un mundo que fue parte de la inicial amalgama social, de la mezcla con criollos y extranjeros que nos precedió.

Otro autor que se ocupa de nuestra región es Tomás Falkner o Falconer (este último es el nombre que le daban en la Argentina y que aparece en algunas ediciones de su “Viaje a la Patagonia”). Este libro surge de la vida de Falkner en las dos reducciones que por poco tiempo tuvieron los jesuítas en la provincia de Buenos Aires, en la zona del Tuyú, y que se cerraron cuando la Orden fue expulsada en 1767. Falkner era biólogo y llegó a nuestro país encargado por la Academia Británica de Ciencias para estudiar la flora y los minerales dentro de una política de franco interés en el comercio, alguna alianza y tal vez la ocupación por parte de Inglaterra. Aquí Falkner se ordenó sacerdote y vivió como tal durante muchos años.
Lo interesante de su obra es que describe, además de la Patagonia propiamente dicha, la zona de Buenos Aires que va desde la costa hasta lo que llama el Vuulcan, zona de Tandil y Sierra de los Padres. Tanto por su conocimiento directo como por relatos, consigna usos, creencias y modalidades del comercio y la guerra de los indios.

Hay una edición nueva que lleva un extenso prólogo de Raúl José Mandrini, director de la carrera de Historia en la Universidad Nacional del Centro. Ese prólogo resulta una lectura útil para aclarar un tema que suele ponerse fuera de la dimensión histórica, reducido a la dimensión arqueológica o ideologizado, y así se torna confuso.

Transcribimos algunos párrafos del prólogo: “Su experiencia (la de Falkner) más importante y la que sustentó su fama y la de su libro fue su residencia en las misiones jesuíticas del sur bonaerense, principalmente en la de Nuestra Señora del Pilar, fundada en 1747 por el mismo Falkner y por el padre José Cardiel en el extremo oriental del sistema serrano de Tandilia, al noroeste de la hoy llamada Laguna de los Padres, cerca de la actual ciudad de Mar del Plata. Desde allí recorrió los territorios vecinos, tanto la costa como el interior, y estuvo en contacto con grupos indígenas pertenecientes a distintas “naciones” y parcialidades, principalmente aquellos que los documentos de la época llamaban pampas y serranos, pero también con patagones de las lejanas tierras del sur y “aucas”, termino que en general se aplicaba a indios provenientes de allende la cordillera andina.”

“A fines del siglo XVI,cuando los españoles se establecieron definitivamente en las orillas del Río de la Plata; la región estaba poblada por bandas de cazadores-recolectores. Gracias al trabajo de los arqueólogos sabemos que esas bandas basaban su subsistencia en la caza de guanacos y ganados, a los que se agregaban especies menores como vizcachas, mulitas y ñandues, así como en la recolección de los huevos de estos últimos. Más allá de variantes tecnológicas y estilísticas, estos cazadores-recolectores representaban un modo de vida generalizado en el territorio pampeano-patagónico. Organizados en pequeñas bandas, se desplazaban a pie y establecían sus campamentos junto a lagunas y cursos de ríos y arroyos de la región, siguiendo itinerarios más o menos fijos determinados por la distribución de los recursos. Su utillaje era muy simple y sus viviendas, a las que los europeos llamaron “toldos”, eran simples paravientos levantados con las pieles de los animales cazados, sostenidos por algunas varas de madera. Estas poblaciones, empero, no estaban aisladas y, al parecer, establecieron extensas redes de intercambio.

Durante la primera etapa del período colonial las relaciones entre estos indios del sur y los españoles fueron en general pacíficas. Sin embargo, al mismo tiempo y como consecuencia del contacto con la sociedad colonial, el mundo de esos indígenas comenzó a transformarse profundamente por la incorporación a su vida cotidiana de muchos productos, usos y hábitos de los españoles. Desde muy temprano, quienes se interesaron por el mundo indígena destacaron la importancia que tuvo la incorporación del caballo para esas poblaciones, que rápidamente modificaron sus formas de vida para adaptarlas a las condiciones de la actividad ecuestre.(...) Los equinos ampliaron la posibilidad de desplazamientos y de carga, modificaron las formas de obtener el alimento permitiendo la realización de grandes cacerías, enriquecieron la dieta al generalizarse el consumo de su carne y proporcionaron importantes materias primas a los artesanos, como el cuero, las cerdas y crines, los nervios y tendones y los huesos. El caballo se conviertió además en preciado artículo de trueque y fue usado como medida de valor en los intercambios”.

A continuación el autor explica que no sólo se trató de caballos sino de ovejas y vacas, mulas y cabras. Además, “harinas obtenidas de cereales europeos, los instrumentos de hierro, los licores y aguardientes, el azúcar, muchos adornos y prendas de vestir europeas. La yerba mate, originaria de la región de las misiones jesuíticas del Paraguay, fue otro producto introducido por los europeos entre las poblaciones indias que, rápidamente, se aficionaron a ella.

Al mismo tiempo, los nuevos bienes adquirían un alto valor simbólico. Así, por ejemplo, el caballo se incorporó a las costumbres y ceremonias indígenas, formaba parte importante de los pagos que se efectuaban para comprar esposas y en las compensaciones por homicidio y ocupaba un lugar destacado en ofrendas y sacrificios funerarios, ceremonias rituales y diversiones. Los licores y aguardientes de origen europeo, por otro lado, desplazaron a la chicha nativa en tanto que las chaquiras –cuentas de vidrio de distintas formas y colores-, ciertas prendas europeas como las chupas y los sombreros, y las espadas y bastones, especialmente si tenían empuñadura de plata, adquirieron gran valor como elementos de prestigio. En las primeras décadas del siglo XVIII esos cambio serán ya muy visibles y se reflejan claramente en la obra de Falkner así como en los escritos de otros jesuítas contemporáneos, que constituyen nuestras primeras fuentes de importancia sobre el mundo indígena”.

Esta adopción de hábitos de consumo, con su importancia simbólica, determinó –nos dice Mandrini- el desarrollo de un intenso comercio entre españoles e indios que produjo una zona de frontera entre unos y otros y redes de contacto en el interior de cada sector; “este comercio en las fronteras era sólo el extremo de una red mucho más extensa que articulaba un complejo sistema de intercambios a larga distancia. La comercialización de ganado en gran escala, en menor medida sal y plumas de ñandú en los mercados trasandinos, tanto indígenas como hispanocriollos, se convirtió entonces en la principal actividad mercantil indígena y en el sostén fundamental de su economía. Siguiendo, en parte, viejas vías de contacto prehispánicas, la estructura de este circuito comercial que conectaba la región de las llanuras con el actual Chile central a través de los pasos andinos, se desarrolló a lo largo del siglo XVII y se consolidó en el XVIII. Hacia mediados del siglo las principales rutas estaban ya bien establecidas.”

En 1784 Francisco de Viedma describía tres rutas, “una de ellas que partía del oeste de la provincia de Buenos Aires, atravesaba La Pampa siguiendo el valle Argentino y atravesando las sierras de Lihuel Calel hasta el curso superior del río Colorado y luego el del Neuquén. Era la llamada “rastrillada de los chilenos”. Los indios bonaerenses llevaban hacienda para el engorde a los pehuenches de ambos lados de la cordillera, que comerciaban con animales y sal”.(...) También las tierras del sur y del sudoeste bonaerense, particularmente las comprendidas entre las sierras de Tandil y Ventana, participaron en este proceso. A partir de mediados delsiglo XVIII al menos, y en las décadas siguientes, se fue conformando allí un importante núcleo de actividad pastoril destinada especialmente a proveer al mercado trasandino”.

El autor señala un fenómeno más, que es la jerarquización militar de las sociedades indias, con fuerte concentración del poder en caciques, caciquillos y capitanejos, que se expresaba en una creciente ritualización de cada ceremonia, con exhibición de objetos ceremoniales. Por fin, para las décadas sucesivas a la obra de Falkner, señala el fenómeno más importante: la araucanización. Para la misma época, señala el prologuista, ”comenzaba a visualizarse bien la extensión del proceso llamado araucanización hacia la región oriental de la pampa. Este término, bastante ambiguo y de alcance muy amplio, suele designar tanto la expansión y difusión en la región de un conjunto de rasgos culturales originarios de los mapuches trasandinos (la lengua misma, pero también el tejido, la metalurgia, el cultivo y un conjunto de costumbres, creencias y rituales), como el asentamiento más tarde, en el siglo XIX, de importantes núcleos de población de ese origen.

Este proceso, que habría comenzado en el siglo XVII, si no antes, en la región cordillerana, para extenderse paulatinamente al sur mendocino y las llanuras, se desarrolló a lo largo del siglo XVIII mediante la difusión de elementos culturales y el desplazamiento de pequeños grupos de indios trasandinos, específicamente de huiliches y quizás de algunos mapuches, así como de pehuenches araucanizados. El interés de estos grupos por la región se centraba, esencialmente, en su riqueza en ganados. Desde comienzos del siglo XVIII aparecen, cada vez con más frecuencia, referencias a la acción de grupos ¨aucas¨ en el territorio pampeano”. El autor aclara que auca es un término de origen quechua y se aplicaba en general a indios alzados o de guerra, pero que en esta zona se usaba para los indios de origen trasandino. Falkner les llama moluches y explica que tienen sus majadas de ovejas por el interés de la lana y siembran un poco de maíz, hace una referencia a Sánchez Labrador (conforme) y dice: “Los Muluches, Picunches y Sanquelches, a quienes en Buenos Ayres llaman aucas, y no hay duda que son unamisma nación con los Aucas o Araucanos de Chile”. Falkner distinguía a los indios de un lado y otro de la cordillera como partes de una misma etnia y los clasificaba en grupos que describía como nómades de gran movilidad que llegaban a lo más alejado de la Patagonia y, en lo que nos interesa, a la zona de Tandil y Ventana.
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En un cuadernillo que se publicó en 1944 en Olavarría, el señor José Arena homenajea a algunos olavarrienses y, al hacerlo, consigna algunos datos para el futuro: de Ramón A. Rendón, un antiguo poblador de la ciudad, dice, en sus propias palabras: “una mañana del mes de noviembre de 1882, en la entonces pequeña estación Constitución, tomaba el tren con destino a Azul –en aquella época estación terminal-. Al día siguiente por la mañana seguí viaje a Olavarría en la galera del Sr. Presilla. Hicimos la entrada al pueblo al son del clarín, que tal era la costumbre desde tiempos inmemoriales en los pueblos de la Provincia” (y en los de Europa, hay que añadir, tal como se ve en las películas de época bien ambientadas).

 

De Carlos Hornig dice que había llegado al país a fines de 1879 y que era prusiano. Había trabajado al principio en las colonias de rusoalemanes siendo su oficio el de carpintero. Este hombre, que era manco, tenía una gran capacidad de trabajo e iniciativa. Se recuerda su quinta, recreo, cervecería, vivero de plantas. Su hijo fue un hombre de múltiples talentos: filaltelista, forestador, coleccionista de libros.

Se aprecia una caricatura del Sr Hornig, realizada por Aurelio Cirigliano.

Hace pocos días una carta de Lectores en el diario La Nación destacaba el monumento a Cristóbal Colón en el partido de Quilmes, Bernal, como el primero y anterior a todos los del país, incluído el que mira al Río de la Plata desde los fondos de la Casa de Gobierno porteña. Era obra de Leopoldo Boccazzi en los años 80 del siglo XIX. Más tarde se radicó en Olavarría y desarrolló la mayor parte de su obra. Era italiano, de Toscana, y había cursado la escuela de Artes de Brera.

En el futuro seguiremos hablando de viejos pobladores.

 
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Archivo Historico Municipal
Setiembre 2004