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Entre los años anteriores y posteriores a la primera
guerra mundial se producen grandes cambios en las costumbres,
no sólo en Europa sino también en los países
ligados a ese continente por la inmigración y la tradición.
Es el caso de la Argentina. La vivienda, las ropas, la higiene
personal, las diversiones, son la cara visible de cambios más
profundos: el trabajo extradoméstico de las mujeres, la
urbanización, las técnicas aplicadas al confort,
etc.
Las
casas de techos altos, banderolas abiertas aún en invierno
para ventilar alejando microbios, grandes ventanas, empiezan a
calefaccionarse con artefactos de kerosén mientras las
cocinas se azulejan y aparecen las heladeras de hielo y las cocinas
económicas.
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La
publicidad de una marca de chocolate, la abuelita sentada en la
sala con gorro de abrigo y calentándose los pies con un
recipiente de metal que alojaba brasas, las parejas que iban a
la cama con dos porrones de barro (*), gorro de dormir y pijama
o camisón de bombasí o franeleta, los señores
que no se sacaban los calzoncillos largos, los hombres que dormían
con bigotera y redecilla –que les mantenía la raya
al medio y los bigotes manubrio-, la ropa de playa abrigada (-¡oh,
paradoja!) para que el agua fría no produjera un malestar,
son, sin embargo, avances sobre las viejas costumbres. |
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en Azul la Cerveceria Piazza vendia la famosa Negra de
Azul, una cerveza fuerte en porrón. Eran muy usados
los porrones de ginebra Bols, y sino, un ladrillo caliente
envuelto en un paño.
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La
luz eléctrica ya permite leer en la cama (y se usan mañanitas
tejidas), y a la playa no se va con traje o vestido y tacos altos
sólo a pasear, ni a la abuela se la recluye en su habitación
por miedo a las corrientes de aire. Los avances son muchos, superficiales
en una primera mirada pero que se relacionan con formas más
simples de relacionarse y, a la vez, con un empleo del tiempo
más exigido por las obligaciones de trabajo. Hay menos
parejas que conviven con los padres en las casonas que se concebían
de entrada para varias generaciones; hay menos chicas ociosas
que sólo buscan novio; hay menos gente resignada al ocio
o la pobreza aceptada. Como en la famosa obra de teatro “Las
de Barranco”, mujeres sin dinero que tienen que vivir de
la trampa porque no saben salir a buscar trabajo. El autor denuncia
una situación común a principios del siglo XX y
que pronto cambiaría: las mujeres se independizaban, se
instruían, caminaban por la calle, tomaban los medios de
locomoción ciudadanos, aprendían a cuidarse. |
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La moda las muestra en trajes y vestidos de inspiración
bélica, con trabas, charreteras, sombreros como tricornios
o birretes, pero a la vez el calzado se hace más cómodo
–de la bota al botín o el zapato-, los sombreros
de día se cambian por gorras tejidas o de paño,
salen sin guantes, con bolsos grandes donde caben realmente las
cosas prácticas.
La casa inglesa Viyela, marca que pasó a ser un tipo de
género, imponía unas lindas blusas parecidas a las
camisas de hombre, elegantes, prácticas, lavables. Los
dibujos de las propagandas las exhiben puestas en chicas que trabajan
de dactilógrafas, enfermeras o recepcionistas.
El hombre, que es un figurín estilizado en 1920, con el
talle ajustado (si tenían panza se ponían faja de
lona o goma), con zapatos puntiagudos y polainas, guantes, cuello
hasta las orejas, en 1930 usan unos trajes que mantuvieron la
línea casi sin cambios hasta hoy.
La ropa de baño se acorta, se abandona la lana como único
material, se dejan de lado las zapatillas de goma. Por mucho tiempo
seguirán usándose los gorros de goma, obligatorios
en los clubes, al compás de las mejoras en la higiene del
pelo. Hay que recordar que, si bien los chapús son antiguos
–desde el siglo XIX-, y había muchos jabones especiales,
de glicerina y coco o con aceite de oliva, recién en los
años 20 se publicitan los productos L´Oreal como
“inocuos para el pelo, pueden usarse cada quince días”.
Sólo los que podían comprar productos importados
se atrevían a tanto: la vox populi decía que lavarse
mucho hacía caer el pelo. Hasta los años 50 los
lavados solían hacerse desde una semana hasta dos o tres,
con jabón y enjuague de limón o vinagre. Para fortalecer
el pelo, un huevo que se rompía justo sobre la coronilla,
y jabón y más jabón. Jabones comunes recibían
la publicidad de alguna señorita de la sociedad o de una
estrella del cine, que aseguraban que su cutis y su cabello se
mantenía perfectos.
Igualmente, recordemos los jabones ideales para “medios
baños”, según los dibujos o fotografías
que ilustraban la propaganda: una chica en ropa interior frente
al lavobo o un muchacho con el torso desnudo acicalándose.
Junto con la calefacción, los baños más cómodos,
las casas cerradas, la higiene mejora y la ropa se aliviana, muestra
más piel. Ya no hay corseteras y nadie usa faja. Ya no
se usan sobaqueras, surgen las depiladoras, los perfumes se hacen
más suaves. Sobre todo, el contacto físico en las
fiestas y aún en la calle son cada día más
cercanos. El cuerpo pierde parte de su misterio y se lo controla
menos.
En el período que va hasta 1960 París es el centro
indiscutido de la moda, a tal punto que el lenguaje de la ropa
y la higiene está plagado de galicismos. Se dice corsaje,
corsé, satin, tafetas, crepe, crepe marrocain, rouge, rimmel
(que es una marca) para el cosmético de pestañas;
croquiñol (enrulado permanente), soutien, coulottes, pendantif,
etcétera. Un cuplé –couplé, otro galicismo-
de los años 20 describe a una señorita bien vestida:
La
chica del 17 (el departamento nº 17)
lleva sombrero de gran copete,
zapatos de tafilete
y abrigo de petit-gris,
los guantes de cabretilla
y las medias con espiguilla,
y viste la chiquilla
como en París...
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