Mito
en Olavarria
El siguiente relato fue traído por el Dr. Anselmo Aréchaga,
cuyos padres fueron socios de Angel Moya en el almacén de ramos
generales de Rivadavia y Belgran, Moya y Sanmarco, registrado como
uno de los primeros de Olavarría. Al quedar viuda la señora
de Sanmarco (ella y su marido eran gallegos y habían llegado
de Buenos Aires con un importante capital), se muda a la esquina donde
hoy está la farmacia Alvarez y se establece con la casa de
negocios generales Viuda de Sanmarco e Hijos. La hija de esa señora
fue la madre del Dr. Aréchaga, actualmente juez jubilado de
Río Cuarto que reside en la capital y suele visitar esta zona.
Su madre se casó a los dieciseis años con un joven primo,
hijo de vascos hacendados de Córdoba, y así lo cuenta:
En el verano del año 1901 mi padre en complicidad con Olegario
Casas se apoderaron (trato de ser amable con la calificación)
del dinero (a su vez mal habido), que mis tías guardaban en
el altar de la virgen que daba nombre a aquel paraje de las desiertas
tierras del sur cordobés, aquellas del viento norte, pastos
duros y agua salada. Ese hecho poco elegante ocasionó la mentira
o mejor el fraude de la hacienda extraviada, la excursión en
su búsqueda, los días de juerga en la pulpería
y el castigo al hijo varón que después de haber pasado
tres años en Buenos Aires estudiando con los frailes, parecía
haber aprendido malas artes mas que catecismo y matemáticas,
por lo que aquel Juez inapelable que fue mi abuelo, sentencio: “A
trabajar de dependiente en la casa de Ramos Generales del tío
Francisco en Olavarría”.
En junio o julio de ese año, el joven Mito, excelente jinete,
mejor boleador y virtuoso del pial según todas las mentas de
los pobladores de Santa Maria y sus aledaños, dio con su osamenta
en la ciudad de Olavarría una urbe importante si se la comparaba
con Laboulaye, única población mencionable de los pagos
que dejaba por mandato de su padre.
No tengo constancias, ni cotorreos familiares ni de otro tipo como
llego a la casa de su tío comerciante, ni como fue recibido,
si sé que los antecedentes que adornaban su presencia no eran
de lo más idóneos para recomendar su persona y así
fue que se lo tuvo como un dependiente en igualdad de condiciones
que a los otros: trabajar de sol a sol, son domingo ni fiesta de guardar,
con permiso para ir a misa, viviendo dentro del negocio, durmiendo
con una colchoneta sobre el mostrador y comiendo el rancho común
que era diferente a las comidas que se servían la familia;
sus pocas pertenencias junto con la colchoneta se guardaban en un
pequeño lugar debajo del mostrador.
El negocio era grande y comprendía desde un despacho de bebidas
a corralón de maderas e implementos agrícolas, pasando
por tienda, almacén y ferretería; según escuche,
el nuevo fue probado en todos los rubros y todos fracasaba, pero parece
que en uno se comenzó a destacar y fue en el cortejar a su
prima mayor, la señorita Brígida Lucia Sanmarco y Núñez
que no debía llegar a los diez años. La murmuración
maliciosa que oí en mi niñez, decía que este
galanteo del apuesto jinete de lejanas tierras, molesto de tal manera
a su tío que, según dicen, vio a su pequeña arrebatada
por ese sobrino, a quien recibió como a un prisionero por mandato
de su cuñado a cuenta de la conducta irresponsable, corrupta
y hasta viciosa del joven pretendiente. Molesto, digo, disgusto tanto
a Sanmarco que envió a la niña pupila al colegio de
monjas de la ciudad.
El peligro de un prematuro romance entre el adolescente castigado
y su aun pequeña prima fue superado usando este expediente
de enviar a Lucia al encierro con las hermanitas religiosas; el joven
galán debió viajar a Buenos Aires para cumplir con el
servicio militar, lo que ocurrió en 1903-1904 en el naciente
Campo de Mayo, pudiendo los aconteceres del evento dar elementos para
otra narración de o sobre las andanzas de mi padre.
Imagino que después de cumplir -ya veremos en otro relato como
cumplió- con sus obligaciones ciudadanas, volvió Mito
a su empleo de dependiente, de mal dependiente, de la casa de Ramos
Generales de su tío Sanmarco en la bonaerense ciudad de Olavarría;
la vida continuó con la monotonía habitual y así
llegamos al año 1906 en que Francisco Sanmarco fallece siendo
un hombre joven que estaba al frente de un próspero negocio
en plena evolución, dejando una viuda joven con seis hijos
pequeños y sin preparación para conducir los negocio
que debe conducir.
La pequeña pupila en el colegio de las hermanas es una adolescente
de quince años que insiste en su amor por el guapo jinete que
es su primo y a quien sigue amando con la insistencia anterior a su
encierro; doña Brígida Núñez Vda. De Sanmarco
no tiene la firmeza de su esposo y hace lugar a los pedidos de su
hija mayor que en el año de 1908 contrae enlace con su primo
Anselmo Aréchaga.
El casamiento de mis padres se celebro en Olavarría y el diario
del lugar “El Popular” brindo una nota social con la crónica
de este acontecer al que faltó mi abuelo Anselmo por estar
en Europa en su segunda Luna de Miel, producto de su segundo casamiento,
después de muchos años de viudez, con doña Salomé
Iturieta.
La crónica aludida indica que los novios, ya esposos, viajaron
el mismo día de la boda hacia la ciudad de Buenos Aires para
después de unos días seguir su periplo hasta la lejana
estación Jovita del reciente construido ramal de Laboulaye
a Villa Valeria del ferrocarril Buenos Aires al Pacifico en cuyas
cercanías había quedado posicionado el campo que mi
abuelo había comenzado a poblar en el año 1883 como
lo tengo relatado al comenzar estas narraciones que pretenden mas
que decir de mi familia, historiar la vida de los inmigrantes que
llegaban a estas tierras americanas