El cuidado
del medio ambiente es casi tan antiguo como la ciudad aunque no se lo
llamase así. Por ejemplo, a las industrias contaminantes se les
exigía cierta distancia desde la plaza Olavarría, que
era el centro de la zona poblada. En 1891 se multaba a las barracas
de frutos que estuvieran a menos de 6 cuadras; los hornos de ladrillos
no podían estar en la traza urbana ni en las quintas; las jabonerías,
fábricas de sebo, grasa o aceite, destilerías, chancherías,
fábrica de cola, saladeros, almidonerías, depósitos
de huesos o trapos debían situarse a más de 20 cuadras.
Las fábricas que usaran agua del arroyo tenían que estar,
además de lo anterior, aguas abajo, tomando como punto de declinación
la calle San Martín. No se podían establecer fábricas
de fósforos, de fuegos artificiales ni depósitos de pólvora
dentro de la planta urbana.
En los años que van hasta 1900 siguen las prohibiciones: de poner
curtiembres a menos de veinte cuadras, o ´que introduzcan en las
aguas materias o gérmenes de putrefacción volviéndolas
insalubres o hediondas´; de bañar caballos a menos de 10
cuadras de la plaza; de lavar carruajes, para lo cual quedaba reservado
el paraje llamado Paso de las medias aguas; de lavar roas las lavanderas
en todo el curso del arroyo desde boulevard La Plata (Del Valle) hasta
la calle Necochea.
Sobre la extracción de basura: cada vecino estaba obligado a
depositar las basuras en vasijas o cajones que debían dejar en
el cordón de la vereda antes de las 8 de la noche y que recogerían
los carros municipales, debiendo a continuación llevarse adentro
las vasijas o cajones.
Sobre la salud de las personas existía una gran preocupación
pues eran frecuentes las epidemias y las infecciones mortales.Desde
1880 hay Comisiones de Higiene formadas por vecinos que no eran profesionales
pero podían hacer cumplir todas las medidas sobre salud incluso
imponiendo multas que se pagaban en la Municipalidad. Estos inspectores
honorarios podían pedir el registro de las casas para vigilar
´pisos, paredes, techos, desagües y ventilación, cocinas,
letrinas, basuras, etcétera´, pudiendo requerir el auxilio
de la policìa o pedir que interviniera el médico oficial
si lo creyera conveniente. Esta injerencia en la esfera privada se explica
por la recurrencia de las epidemias de cólera morbo, fiebre amarilla,
tifus, y la alta incidencia de la tuberculosis.
El reglamento sobre construcción de letrinas las indica como
obligatorias en todas las viviendas sin distinguir las rurales de las
urbanas. Debían tener 3 metros de profundidad, calzadas en ladrillos
asentados en cal, con inodoro (le llama así al caño respiradero),
de 1 metro y medio de alto y situado a no menos de 10 del pozo. No se
autorizaban las sangrías sino que había que construir
un pozo nuevo.
Hoy puede llamar la atención que las letrinas de los hoteles
o bares debían estar lejos de las habitaciones, 4 metros por
lo menos. Aunque no las menciona, en las casas de familia se hacían
también alejadas por razones de higiene e privacidad. No se permitía
ninguna letrina que diera sobre la calle.
1891 fue un año entre varios de epidemias, y se sanciona una
ordenanza sobre las enfermedades infecciosas mandando denunciar cualquier
caso que se produjera bajo pena de una multa muy alta. Enumeraba difteria,
infección puerperal, sarampiòn, escarlatina, viruela,
fiebre tifoidea, cólera asiático, fiebre amarilla. Y añade
´etcétera´.
Por otra parte, el cuidado de la salud incluía los ruidos excesivos,
las redes para evitar pelotazos, los caballos bien atados, los carros
que llevaban alimentos, los perros revisados y con la patente colgada
al cuello, la calidad de los recipientes en los negocios y otras medidas
que veremos más adelante.