Farmacias
y medicos
Casi siempre es imposible saber cuál fue realmente, en un pueblo
que ha crecido mucho, el primer negocio en cualquier ramo ya que,
desde que se instalan los primeros pobladores hay gente que necesita
surtirse y gente dispuesta a ocuparse de ello. Igual que la capilla,
el maestro elemental o alguien que curara, otras necesidades imponían
su ley.
Sin embargo, en el caso de las farmacias nos ha quedado un expediente
de 1885 que no deja dudas sobre la primera ´botica´ autorizada.
Está caratulado ´Esteves Don Ventura el Farmacéutico.
Contra los Regentes de otras Boticas establecidas en este Partido´.
El sistema era el de idóneo farmacéutico matriculado,
y esa es la causa del reclamo, que se hace ante el Consejo de Higiene
de la Provincia. Dice Esteves (era español de Galicia y su
apellido aparece en otros docuomentos como Estevez): Hay tres farmacias
que ´funcionan sin tener a su frente personas autorizadas competentemente
para el ejercicio de la profesión. Que tal irregularidad, además
de los peligros que entraña para la salud pública, menoscaba
gravemente los intereses y dignidad de la profesión´.
Añade haberse presentado al Consejo anteriormente sin lograr
solución a su reclamo.
Con la intervención del Consejo de Higiene se intima a los
otros boticarios, reconociendo que Ventura Esteves es el primer farmacéutico
idóneo. Una de las otras farmacias, en el tiempo transcurrido
ha dejado de funcionar, y las otras cierran temporariamente. No sabemos
qué acuerdo hubo, ya que una de las farmacias, Salomón,
volvió a funcionar sin problemas.
Ya que hablamos de salud, veamos una nota que mandan el 26 de febrero
de 1890 dos miembros de la Corporación Municipal (concejales)
al Presidente de la misma, Sr. José Grigera. En la misma se
denuncia la existencia de un brote de ´viruela maligna o confluente´
entre los alumnos de la escuela elemental de Colonia San Miguel.
El denunciante es el maestro de Olavarría Sr. Perfecto Losada,
español paisano de Ventura Estevez, y se sugiere consultar
al comerciante señor José Méndez y al colono
Dumerauf. La situación resulta ser grave: hay catorce atacados
y ´cuatro o cinco defunciones´.
Se decide el cierre de la escuela, la vacunación general, desinfección
y alejamiento de los animales desde sus corrales bien lejos de las
casas, además de prohibirse las reuniones públicas que
puedan favorecer el contagio.
Estas epidemias eran comunes en aquellos años, a pesar de las
medidas que se tomaban por el temor que generaban las epidemias mortales.
Recordemos que en épocas de viruela, tifus, cólera,
en medio del terror había médicos que exponían
su vida, como el Dr.Angel Pintos. Algo curioso es que lo acompañaba,
en los años anteriores a su crimen, el cura Castro Rodríguez,
a quien se consideraba un ser humano excepcional Repetidas veces figuran
Pintos y Castro Rodríguez en los homenajes públicos
que se hacían al final de los períodos de pestes.
El pueblo de Olavarría, para premiar al médico y para
que no siguiera viajando desde Azul, le regaló la casa que
es hoy el Museo Dámaso Arce. Por entonces, año 1896,
ya el cura había muerto en su celda de Sierra Chica poniéndole
final a una historia trágica y extraña.
El que pase por la vereda nueva del Museo Dámaso Arce podrá
ver, a un costado y, por desgracia, rota y acomodada, la placa de
piedra que dedicaba la casa a ese médico tan querido.