Primeras
iniciativas sobre jubilación
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Las primeras
iniciativas sobre jubilación se concretaron en las mutuales de
extranjeros –en las dos últimas décadas del siglo
XIX- y en contratos individuales que hacía el trabajador que
podía pagar una cuota a una empresa. Un ejemplo de ese sistema
es esta Caja Internacional Mutua de Pensiones creada en 1901 en el Uruguay
pero que tenía socios argentinos y filiales en nuestro país.
Funcionaba como las actuales jubilaciones privadas, mediante cuotas
mensuales que se capitalizaban a 10 y 20 años.
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Desde 1896
existía una Ley de Montepío Civil que no llegó
a reglamentarse hasta mucho más tarde. Lo que sí existía
era el Montepío o Monte de Piedad, que recibía objetos
en empeño y adelantaba dinero sobre bienes depositados. Era una
vieja institución propia de las ciudades europeas, destinada
a ayudar a los más necesitados aunque podía resultar,
para el que no desempeñaba sus cosas, sólo la postergación
de su carencia.
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Patente de pobres
La pobreza era asumida como una condición inapelable y así
lo refleja el habla. Se dice “pobre de solemnidad” para
el que no pagaba ningún impuesto ni tasa, se vendían ropas
y calzado “barato para los pobres”, los entierros se distinguían
en varias categorías, y la última era la de los pobres,
que no era, sin embargo, la más baja ya que los indigentes eran
enterrados por cuenta de la Municipalidad. A los mendigos se les extendía
patente de pobres, que debían colgarse del cuello como un escapulario
para justificar la mendicidad.
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No llama tanto la atención que hubiera pobres con mayor aceptación
de su situación, sino que un negocio se llamara así en
1905 y que los diarios usaran a menudo el adjetivo que los separaba
de los otros.
Pedido
de tierras
Unos años antes, el 12 de julio de 1883 el procurador municipal,
Isidro Valido, presentaba una nota al Intendente “en representación
de Pascual Pérez, Juan José Rodríguez, José
Antonio Rodríguez, Doroteo Valdés (este en representación
de la viuda de Chipitrus), Manuel Videla, Paulino Díaz, Marcelo
Rojas y Pedro Torrez” pidiendo que se tuviera en cuenta un pedido
que venía a renovar, hecho en 1881 por Manuel Peralta, baqueano
y lenguaraz de la tribu, para ocupar tierras y útiles de labranza
en iguales condiciones que se habían dado a los alemanes del
Volga.
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"A
la marchanta"
Durante los dos años siguientes el Consejo Deliberante vota
ayudas mensuales en dinero para los que habían quedado de la
antigua parcialidad, y, si bien no se conoce el destino de los treinta
y siete varones con sus familias que quedaban por entonces, seguramente
dispersos en busca de trabajo, hay constancia de escrituración
de tierras por Manuel Peralta. ¿Tal vez con las últimas
familias? En la provincia de Buenos Aires, y durante los veinte o
treinta años iniciales del siglo XX, los indios pasan a ser
peones a caballo, trabajadores o arrendatarios en las estancias, bomberos,
guardiacárceles, policías (tareas que en esa época
requerían buenos jinetes). Conviene mirar con atención
las fotografías y dibujos –a veces caricaturas- que los
muestran incorporados a esas actividades. Por ejemplo, los cuentos
de Fray Mocho y las ilustraciones de Sirio, Lanteri y otros grandes
dibujantes. Fray Mocho, José S. Alvarez, era uruguayo de origen
pero hizo su carrera de periodista de policiales y cuentista en Buenos
Aires. Sus vigilantes, mayorales de tranvía o bomberos aindiados
en amores con las chicas de servicio o las marchantas (chicas que
hacían los mandados) son todo un clásico digno de ser
conocido.
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Archivo Histórico Municipal de Olavarria - Mayo 2004 |