Como premisa
indispensable para entender la década del 30 establecemos que
en materia de economía y finanzas no hubo grandes cambios. La
impostación liberal y la relación de dependencia de los
capitales monopólicos extranjeros siguió en pie, y si
hubo novedades hay que buscarlas en acciones locales o regionales, como
las cooperativas o los logros muy limitados de algunos grupos de trabajadores.
En la provincia de Buenos Aires se privilegió la obra pública
y se dieron préstamos para obras importantes, que comprometían
las finanzas de los municipios y eran fuente de recuersos para la Nación
o las provincias.
Hubo muchos negociados por los que se le llamó a la época
“década infame”, negociados que eran denunciados
con grandes campañas periodísticas: una novedad en la
comunicación de masas.
En el terreno de los símbolos podemos ver que Olavarría
adhirió con alegría a la revolución de Setiembre.
La avenida Colón pasó a llamarse José F. Uriburu
y se inauguró un monumento –un busto- en la intersección
con Brown. Se inauguró también un puente sobre el arroyo
en la calle Belgrano dándole el nombre de 6 de Setiembre. Hubo
muchas visitas de funcionarios y, a raíz de ellas, banquetes
y bailes. A partir de 1934 algunos de ellos se hicieron en el hall del
palacio municipal.
La mentalidad del ejército argentino estaba muy influída
por el modelo alemán. El 13 de octubre de 1930, a pocos días
de la revolución, el presidente provisional Uriburu habla por
teléfono con el presidente de Alemania, mariscal Hindemburg.
Se congratula de llegar con su voz a la gran nación que preside
Hindemburg con acierto y patriotismo y añade: “La amistosa
e ininterrumpida corriente que vincula a los pueblos argentino y alemán,
no puede sino crecer con este poderoso medio de comunicación.
Mucho me complace que hechos venturosos para mi patria me hayan venido
a colocar, circunstancialmente, en la posibilidad de expresar a V.E.
toda la simpatía y el aprecio con que lo considero desde la época
ya lejana en que me cupo la satisfacción de recibir amplia hospitalidad
en su país”.
En efecto, igual que otros oficiales –como Perón- Uriburu
había hecho una pasantía en el ejéricto alemán,
del cual se había tomado el modelo de uniforme y parte de las
normas disciplinarias. Por otro lado, al año siguiente llega
el príncipe de Gales y en sus dos discursos el general resalta
la relación con Gran Bretaña, “nacida ya en la colonia”,
etcétera.
El 25 de mayo de 1931 Uriburu pronuncia un discurso ante la Liga Patriótica
Argentina. Expresa que esa Liga condensa el espíritu de la Revolución
de Setiembre. La define como milicia ciudadana, columna popular que
representa el orden contra la demagogia, la fuerza sana contra la intriga
cobarde, la disciplina fecunda contra la anarquía destructora,
el desinterés de los patriotas contra la voracidad de los ambiciosos.
”Legionarios, concluye, como Jefe de la Revolución soy
vuestro Jefe”.
La Liga era una organización de civiles armados, provenientes
casi todos de las familias más ricas de Buenos Aires. Sus ideas
se alineaban con las de los fascismos en boga, la Falange en España
y los fascios en Italia. Eran antisemitas y contrarios al ingreso de
inmigrantes pobres, a los que acusaban de la presunta decadencia espiritual
de la Argentina. Habían protagonizado varios pogroms. La Liga
Patriótica tuvo una filial en Olavarría.
El nacionalismo violento es uno de los fenómenos más ingratos
de la historia contemporánea. Tuvo su peor expresión en
la Alemania nazi y la Rusia stalinista. Si bien en nuestro país
no alcanzó niveles tan trágicos, produjo una contaminación
ideológica que se prolongó durante varias décadas
y tuvo su renacimiento en el ala más violenta de los militares
y en algunos grupos de acción que se oponían a los militares
en los años 70.
El historiador Luis Alberto Romero (profesor en la UBA e investigador
principal de Conicet) en La Nación –25 de mayo de 2005-
se refiere al país en los años del Centenario; describe
una nación próspera, con una sociedad móvil e inclusiva,
que todos creían destinada a ser una de las más pujantes
del mundo. La mentalidad de la mayoría se tiñe de esa
ilusión y comienza a hablarse de un “ser nacional”,
una idiosincracia selecta que nos distinguía, hecha de la raza,
el idioma, la religión: el alma del pueblo. Esa exigencia de
unidad nacional –dice- elude el disenso. Los líderes reclamaban
la encarnación del pueblo. Una sociedad móvil e integrativa
no sigue ideas salvadoras. La esencia de la república es la pluralidad
de ideas, la división de poderes, la anulación de la personalidad
del gobernante en la letra y el espíritu de las leyes y en el
interés general, la votación y no el plebiscito, el esfuerzo
y no las soluciones mágicas. Por otra parte, la apelación
al ser nacional como algo único y mejor, produce enemigos. Un
destino de grandeza, dice Romero, puede ser una meta, no una certeza,
sobre todo frente a problemas sociales reales y acuciantes.