| CHISTES
DE EXTRANJEROS |
| Los
chistes sobre las colectividades de extranjeros se contaron desde los tiempos
de la gran inmigración, aunque con menor saña y mal gusto
a medida que nos alejamos en el tiempo. Casi siempre contenían alguna
alusión a presuntos defectos, defectos que se adjudicaban hoy a unos,
mañana a otros, según la época. Ha sido comprobado
por los investigadores en ciencias sociales que el objetivo era el grupo
que ascendía socialmente. Se ridiculizaba a aquel a quien le iba
bien. Los chistes de amarretes se adjudicaban a los escoceses, los franceses, los catalanes, los genoveses, los judíos. Los de brutos, antes a los vascos, después a los gallegos. En España los de tontos se aplican a los aragoneses (¡el Aragón de Goya y Buñuel!) y en Estados Unidos a los polacos. Los de mentirosos y tontos, a los andaluces. A veces son realmente graciosos, pero, en ese caso ¿por qué no contarlos como cuentos de argentinos? He aquí un tema para la Sociología: el argentino no cuenta cuentos de argentinos. La autocrítica siempre es sana para los pueblos; el chauvinismo y la envidia son una desgracia más que padecemos. En una obra sobre la inmigración española (“Primos y extranjeros”, José C. Moya. Editorial Emecé 2004) el autor incluye una lista de algunos de los cuentos que habían ganado concursos entre los años 1904 y 1908 en la revista Caras y Caretas, principal semanario de Buenos Aires. Podemos ver cómo los argumentos son los mismos aunque cambiaran los grupos víctimados. También podemos ver qué familiaridad había entre los lectores comunes argentinos o de cualquier nacionalidad, y los inmigrantes, en el chiste del zortziko. Recuerdo que en mi escuela primaria de Avellaneda, en los años 40 del siglo pasado, pasaban en el recreo un canto de emigrante triste que decía: No escucharé cantar/ zortzikos al pasar...”. Nadie preguntaba qué era un zortziko porque no era necesario. También recuerdo los innumerables vascos de historieta y teatro, como uno llamado Berteta en una obra que transmitían por radio Porteña en los mismos años, y cuya gracia era repetir “vasco bruto, sí, sí, me llamo Berteta porque me gusta”. Cuando los gallegos empezaron a ubicarse en mejores espacios sociales, los chistes los tomaron por blanco. Igual pasó con los judíos y los árabes, con los italianos, los bolivianos, los indios y los negros, y con todas las colectividades. Hay que buscar la gracia que tenían en otros tiempos los personajes que surgían de las mismas colectividades como el Rampuillet que hacía Tomás Simari, los gallegos Tío Tacholas o Panduriño, el ingenuo pibe de barrio, Felipe, que hacía Luis Sandrini, o los tipos que crearon Niní Marshall o Pepe Iglesias. A nadie mata un chiste, pero abogo porque los que tienen gracia se cuenten como lo que son: humor sin ofensa; una ofensa que aparece cuando se le pone una cara, una lengua trabajosa y un color. Cinco de los quince cuentos de Caras y Caretas: -Un dentista acaba de sacar una muela a un vasco. –Cuánto debo, doctor?- pregunta éste. –Cinco pesos, señor. -¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cinco pesos por ese tironcito? Yo todos los días ordeñando vacas no gano cinco pesos por un tironcito ni por veinte. No, no conviene. Vuélvamela a poner, hombre. -Che, vasco, A ese caballo lo tenés rengo. -¡Qué esperantza! -¿Cómo no? -¿No sabes que está llevando, pues, el compás del zortziko? -¿Te das cuenta de las analogías que hay entre las profesiones de los hombres y sus últimas frases? Napoleón dijo al morir “Cabeza de ejército”, y Mozart “!La música!”. –No creas, che; al morir el vasco de la esquina de casa sólo dijo “!La gran perra!”. -Un andaluz admiraba la piedra movediza de Tandil. Alguien le pregunta si ha visto otra tan grande, a lo que replica el interrogado: -En mi país hay una tan enorme, que si la hubieran puesto en el sepulcro de Jesucristo, le juro a usted que no resucita más. -Un andaluz recibe la noticia de que una tía que tenía en Sevilla había fallecido, y se pone a bailar. -¿Qué tiene usted que está tan contento?- le pregunta un amigo. -¡Calle usted! ¿Cómo quiere que no esté contento si se ha muerto una tía mía a quien debía ocho pesetas? Etcétera... |
www.olavarria.gov.ar/archivo Archivo Histórico Municipal - Diciembre de 2004 Textos: Aurora Alonso de Rocha |